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jueves, 7 de julio de 2011

Mons. Álvaro Corrada del Río obispo de Mayagüez

Benedicto XVI
VATICANO, 06 Jul. 11 / 11:32 am (ACI/EWTN Noticias)

El Papa Benedicto XVI nombró ayer a Mons. Álvaro Corrada del Río, nuevo Obispo de Mayagüez (Puerto Rico).

Mons. Corrada era hasta ahora Obispo de Tyler, estado de Texas (Estados Unidos). Sucede a Mons. Ulíses Aurelio Casiano Vargas, cuya renuncia al gobierno pastoral de la diócesis fue aceptada por haber llegado al límite de edad. Para el gobierno pastoral de la diócesis en la que habitan 418 000 católicos, el Prelado cuenta con la colaboración de 66 sacerdotes, 132 religiosos y 26 diáconos permanentes.

El Obispo electo de Mayagüez nació el Santurce, Puerto Rico, el 13 de mayo de 1942. Fue ordenado sacerdote jesuita el 6 de julio de 1974. Fue designado Obispo Auxiliar de Washington el 31 de mayo de 1985, recibiendo la ordenación episcopal el 4 de agosto de ese mismo año. Fue transferido a la diócesis de Tyler el 5 de diciembre de 2000.

martes, 28 de junio de 2011

Benedicto XVI celebra 60 años de sacerdocio

Benedicto XVI

Este miércoles 29 de junio, Solemnidad de San Pedro y San Pablo, el Papa Benedicto XVI celebra 60 años de haber sido ordenado sacerdote en la Catedral de Freising (Alemania) a la edad de 24 años. Para él ese día fue "el momento más importante de mi vida".
El diario vaticano L’Osservatore Romano recuerda en su edición de este 29 de junio un extracto del libro del entonces Cardenal Ratzinger publicado en 1997: "De mi vida: Recuerdos 1927-1977" en el que relató con simplicidad y emoción el día de su ordenación sacerdotal:
"Al menos los últimos dos meses –escribe Joseph Ratzinger– pude dedicarme enteramente a prepararme para el gran paso: la ordenación sacerdotal, que recibimos en la Catedral de Freising de manos del Cardenal Faulhaber, en la fiesta de San Pedro y San Pablo de 1951.
Éramos más de 40 candidatos, cuando fuimos llamados respondimos Adsum, ‘aquí estoy’. Era un espléndido día de verano, que es inolvidable, como el momento más importante de mi vida.
No se debe ser supersticioso, pero en el momento en el que el anciano Arzobispo impuso sus manos sobre mí, un pajarillo –tal vez una alondra– se elevó del altar mayor de la catedral y entonó un pequeño canto alegre, que fue para mí como si una voz de lo alto me dijera: está bien así, estás en el camino justo.
Siguieron luego cuatro semanas de verano, que fueron como una única gran fiesta. El día de la primera Misa (el 8 de julio en Traunstein) nuestra iglesia parroquial de San Osvaldo estaba iluminada en todo su esplendor, y la alegría que la llenaba casi palpablemente involucró a todos en la acción sagrada, en la forma vivísima de una ‘participación activa’ que no necesitaba de una particular operatividad exterior.
Éramos invitados a llevar a todas las casas las bendiciones de la primera Misa y fuimos acogidos en todo lugar, incluso por personas completamente desconocidas, con una cordialidad, que hasta a aquel momento ni siquiera hubiera imaginado.
Experimenté así muy directamente las grandes expectativas que los hombres tienen de los sacerdotes, cuánto esperan su bendición, que deriva de la fuerza del sacramento. No se trataba de mi persona o de la de mi hermano: ¿qué habría podido significar para sí mismos dos jóvenes como nosotros para tanta gente con la que nos encontrábamos?
Ellos veían en nosotros personas a las que Cristo les había confiado una tarea, para llevar su presencia entre los hombres. Seguro que porque al centro de todo no estábamos nosotros, nacían rápidamente relaciones amigables".
El encargado de conferir las órdenes sagradas al futuro Papa el 29 de junio de 1951 fue el Cardenal Michael von Faulhaber, biblista y especialista en patrística, Arzobispo de Munich y Freising (Alemania) y uno de los más valientes críticos del régimen nazi.
La Congregación para el Clero ha exhortado a todos los católicos del mundo, especialmente a los sacerdotes, a dedicar 60 horas de adoración eucarística para rezar por el Papa, una hora por cada año de sacerdocio que celebra este 29 de junio.


Read more: http://www.ewtnnoticias.com/noticias-catolicas/noticia.php?id=23078#ixzz1QdPlpeiJ

viernes, 27 de mayo de 2011

Mensaje para la Jornada Mundial de Comunicación 2011

Benedicto XVI
Queridos Hermanos y Hermanas,

Con ocasión de la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, deseo compartir algunas reflexiones, motivadas por un fenómeno característico de nuestro tiempo: la propagación de la comunicación a través de internet. Se extiende cada vez más la opinión de que, así como la revolución industrial produjo un cambio profundo en la sociedad, por las novedades introducidas en el ciclo productivo y en la vida de los trabajadores, la amplia transformación en el campo de las comunicaciones dirige las grandes mutaciones culturales y sociales de hoy. Las nuevas tecnologías no modifican sólo el modo de comunicar, sino la comunicación en sí misma, por lo que se puede afirmar que nos encontramos ante una vasta transformación cultural. Junto a ese modo de difundir información y conocimientos, nace un nuevo modo de aprender y de pensar, así como nuevas oportunidades para establecer relaciones y construir lazos de comunión.

Se presentan a nuestro alcance objetivos hasta ahora impensables, que asombran por las posibilidades de los nuevos medios, y que a la vez exigen con creciente urgencia una seria reflexión sobre el sentido de la comunicación en la era digital. Esto se ve más claramente aún cuando nos confrontamos con las extraordinarias potencialidades de internet y la complejidad de sus aplicaciones.

Como todo fruto del ingenio humano, las nuevas tecnologías de comunicación deben ponerse al servicio del bien integral de la persona y de la humanidad entera. Si se usan con sabiduría, pueden contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de unidad que sigue siendo la aspiración más profunda del ser humano.

Transmitir información en el mundo digital significa cada vez más introducirla en una red social, en la que el conocimiento se comparte en el ámbito de intercambios personales. Se relativiza la distinción entre el productor y el consumidor de información, y la comunicación ya no se reduce a un intercambio de datos, sino que se desea compartir. Esta dinámica ha contribuido a una renovada valoración del acto de comunicar, considerado sobre todo como diálogo, intercambio, solidaridad y creación de relaciones positivas. Por otro lado, todo ello tropieza con algunos límites típicos de la comunicación digital: una interacción parcial, la tendencia a comunicar sólo algunas partes del propio mundo interior, el riesgo de construir una cierta imagen de sí mismos que suele llevar a la autocomplacencia.

De modo especial, los jóvenes están viviendo este cambio en la comunicación con todas las aspiraciones, las contradicciones y la creatividad propias de quienes se abren con entusiasmo y curiosidad a las nuevas experiencias de la vida. Cuanto más se participa en el espacio público digital, creado por las llamadas redes sociales, se establecen nuevas formas de relación interpersonal que inciden en la imagen que se tiene de uno mismo. Es inevitable que ello haga plantearse no sólo la pregunta sobre la calidad del propio actuar, sino también sobre la autenticidad del propio ser. La presencia en estos espacios virtuales puede ser expresión de una búsqueda sincera de un encuentro personal con el otro, si se evitan ciertos riesgos, como buscar refugio en una especie de mundo paralelo, o una excesiva exposición al mundo virtual. El anhelo de compartir, de establecer "amistades", implica el desafío de ser auténticos, fieles a sí mismos, sin ceder a la ilusión de construir artificialmente el propio "perfil" público.

Las nuevas tecnologías permiten a las personas encontrarse más allá de las fronteras del espacio y de las propias culturas, inaugurando así un mundo nuevo de amistades potenciales. Ésta es una gran oportunidad, pero supone también prestar una mayor atención y una toma de conciencia sobre los posibles riesgos. ¿Quién es mi "prójimo" en este nuevo mundo? ¿Existe el peligro de estar menos presentes con quien encontramos en nuestra vida cotidiana ordinaria? ¿Tenemos el peligro de caer en la dispersión, dado que nuestra atención está fragmentada y absorta en un mundo "diferente" al que vivimos? ¿Dedicamos tiempo a reflexionar críticamente sobre nuestras decisiones y a alimentar relaciones humanas que sean realmente profundas y duraderas? Es importante recordar siempre que el contacto virtual no puede y no debe sustituir el contacto humano directo, en todos los aspectos de nuestra vida.

También en la era digital, cada uno siente la necesidad de ser una persona auténtica y reflexiva. Además, las redes sociales muestran que uno está siempre implicado en aquello que comunica. Cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales. Por eso, puede decirse que existe un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital, caracterizado por una comunicación franca y abierta, responsable y respetuosa del otro. Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él. Asimismo, tampoco se puede anunciar un mensaje en el mundo digital sin el testimonio coherente de quien lo anuncia. En los nuevos contextos y con las nuevas formas de expresión, el cristiano está llamado de nuevo a responder a quien le pida razón de su esperanza (cf. 1 P 3,15).

El compromiso de ser testigos del Evangelio en la era digital exige a todos el estar muy atentos con respecto a los aspectos de ese mensaje que puedan contrastar con algunas lógicas típicas de la red. Hemos de tomar conciencia sobre todo de que el valor de la verdad que deseamos compartir no se basa en la "popularidad" o la cantidad de atención que provoca. Debemos darla a conocer en su integridad, más que intentar hacerla aceptable, quizá desvirtuándola. Debe transformarse en alimento cotidiano y no en atracción de un momento.

La verdad del Evangelio no puede ser objeto de consumo ni de disfrute superficial, sino un don que pide una respuesta libre. Esa verdad, incluso cuando se proclama en el espacio virtual de la red, está llamada siempre a encarnarse en el mundo real y en relación con los rostros concretos de los hermanos y hermanas con quienes compartimos la vida cotidiana. Por eso, siguen siendo fundamentales las relaciones humanas directas en la transmisión de la fe.

Con todo, deseo invitar a los cristianos a unirse con confianza y creatividad responsable a la red de relaciones que la era digital ha hecho posible, no simplemente para satisfacer el deseo de estar presentes, sino porque esta red es parte integrante de la vida humana. La red está contribuyendo al desarrollo de nuevas y más complejas formas de conciencia intelectual y espiritual, de comprensión común. También en este campo estamos llamados a anunciar nuestra fe en Cristo, que es Dios, el Salvador del hombre y de la historia, Aquél en quien todas las cosas alcanzan su plenitud (cf. Ef 1, 10). La proclamación del Evangelio supone una forma de comunicación respetuosa y discreta, que incita el corazón y mueve la conciencia; una forma que evoca el estilo de Jesús resucitado cuando se hizo compañero de camino de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), a quienes mediante su cercanía condujo gradualmente a la comprensión del misterio, dialogando con ellos, tratando con delicadeza que manifestaran lo que tenían en el corazón.

La Vedad, que es Cristo, es en definitiva la respuesta plena y auténtica a ese deseo humano de relación, de comunión y de sentido, que se manifiesta también en la participación masiva en las diversas redes sociales. Los creyentes, dando testimonio de sus más profundas convicciones, ofrecen una valiosa aportación, para que la red no sea un instrumento que reduce las personas a categorías, que intenta manipularlas emotivamente o que permite a los poderosos monopolizar las opiniones de los demás. Por el contrario, los creyentes animan a todos a mantener vivas las cuestiones eternas sobre el hombre, que atestiguan su deseo de trascendencia y la nostalgia por formas de vida auténticas, dignas de ser vividas.

Esta tensión espiritual típicamente humana es precisamente la que fundamenta nuestra sed de verdad y de comunión, que nos empuja a comunicarnos con integridad y honradez.

Invito sobre todo a los jóvenes a hacer buen uso de su presencia en el espacio digital. Les reitero nuestra cita en la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, cuya preparación debe mucho a las ventajas de las nuevas tecnologías. Para quienes trabajan en la comunicación, pido a Dios, por intercesión de su Patrón, san Francisco de Sales, la capacidad de ejercer su labor conscientemente y con escrupulosa profesionalidad, a la vez que imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de enero 2011, Fiesta de San Francisco de Sales.

Benedicto XVI

jueves, 12 de mayo de 2011

Cartas Encíclicas de Benedicto XVI

DEUS CARITAS EST, SPE SALVI, CARITAS IN VERITATE - Cartas Encíclicas
Edición Especial XIV Feria Internacional del libro Santo Domingo, 4-22 de Mayo de 2011

jueves, 5 de mayo de 2011

Mensaje S.S. Benedicto XVI para la Apertura de la FIL

Benecdicto XVI
(DECOSAL - Santo Domingo) - "Saludo cordialmente el Señor Presidente de la República, a las Autoridades presentes, a los participantes en el acto inaugural de la decimocuarta Feria Internacional del Libro de Santo Domingo y a toda la amada nación dominicana.

Agradezco a los responsables de esta iniciativa la amable invitación que han dirigido a la Santa Sede para participar en ella como invitada de honor, precisamente en este año en que se conmemora el quinto centenario de la erección canónica de la diócesis de Santo Domingo, una de las tres primeras en tierras americanas.

Este prestigioso evento dará, sin duda, la oportunidad a multitud de personas de apreciar una significativa muestra de la producción literaria de la Iglesia Católica y su gran aportación a la cultura y al pueblo dominicano, que se aprecia en figuras como la de Monseñor Francisco Arnáiz y el Padre José Luis Sáez, a los que la Feria concede un puesto destacado.

Decía el Venerable Papa Pío XII que el oficio de un buen libro es educar a una comprensión más profunda de las cosas, a pensar y a reflexionar.

Dios mismo ha querido que el Verbo asumiera nuestra débil naturaleza para hacerse comprensible y cercano a los hombres, y ha dispuesto que la única y eterna Palabra divina se expresase, por inspiración del Espíritu Santo, en palabras humanas que pudieran ser plasmadas en forma de libro para que, a través de las Sagradas Escrituras, pudiese llegar a todos la Buena Noticia de la salvación.

Que Él les conceda a todos contribuir eficazmente a conservar y difundir también en lo mejor del espíritu humano a través de los libros, legado perenne para todos los hombres. Pido al Todopoderoso que haga dar abundantes frutos a esa Feria del Libro y bendiga a los hijos e hijas de ese País."

domingo, 1 de mayo de 2011

Homilía del Papa Benedicto XVI en la Misa de beatificación de Juan Pablo II

Beato Juan Pablo II
Queridos hermanos y hermanas:

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento.

Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta.

Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de San José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

‘Dichosos los que crean sin haber visto’. En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: ‘¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’.

¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en ‘Pedro’, la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: Dichoso, tú, Simón´ y ‘Dichosos los que crean sin haber visto’. Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: ‘Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.

La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad.

De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por San Juan y San Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz; y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo.

También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente San Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: ‘Por ello os alegráis’, y añade: ‘No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación’. Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. ‘Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo– ha sido un milagro patente’, patente a los ojos de la fe.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium.

Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas– estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera.

Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una ‘eme’ abajo, a la derecha, y el lema: ‘Totus tuus’, que corresponde a la célebre expresión de San Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: ‘Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria: Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón’.

El nuevo Beato escribió en su testamento: ‘Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: ‘La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio’. Y añadía: ‘Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado’.

¿Y cuál es esta ‘causa’? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: ‘¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!’.

Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio.

En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su ‘timonel’, el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar ‘umbral de la esperanza’.

Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de ‘adviento’, con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio.

El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una ‘roca’, como Cristo quería.

Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.

¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Amén.

sábado, 16 de abril de 2011

Benedicto XVI cumple hoy 84 años de vida, ¡feliz día Su Santidad!


El Papa Benedicto XVI celebra hoy 16 de abril su cumpleaños número 84 y aunque no hay ninguna actividad pública oficial programada en el Vaticano, las muestras de cariño llegan desde hace varios días hasta la Santa Sede.
Uno de los medios más usados es la dirección de correo electrónico benedict.xvi@vatican.va  difundida tiempo atrás por la Santa Sede como cuenta oficial para enviar mensajes al Pontífice.
El Santo Padre cumplirá una jornada de trabajo en la que recibirá, entre otras personalidades, a la nueva embajadora de España ante la Santa Sede, María Jesús Figa, que le presentará sus cartas credenciales.
Mañana, el Papa presidirá en la plaza de San Pedro del Vaticano la procesión de las palmas y ramas de olivo y oficiará la Misa solemne de las Palmas y de la Pasión del Señor por Domingo de Ramos.
Este nuevo año de vida estará marcado por cuatro viajes fuera de Italia que se sumarán a los 18 que ha hecho desde que inició su Pontificado y ceremonias históricas como la beatificación de su antecesor Juan Pablo II prevista para el 1 de mayo.
En junio llegará a Croacia, en agosto viajará a España para presidir por tercera vez la Jornada Mundial de la Juventud, que este año se celebrará en Madrid.Además, en septiembre cumplirá su tercer viaje a Alemania, su país natal, y en noviembre llegará a Benin, en su segundo viaje a África.




Breve biografía

Joseph Aloysius Ratzinger nació en Marktl am Inn (Baviera, Alemania), el 16 de abril de 1927. Su padre, comisario de la gendarmería, provenía de una antigua familia de agricultores de la Baja Baviera. Pasó la adolescencia en Traunstein y fue llamado en los últimos meses de segundo conflicto mundial en los servicios auxiliares antiaéreos.
De 1946 a 1951, año en que fue ordenado sacerdote (29 de junio) e iniciaba su actividad de profesor, estudió filosofía y teología en la universidad de Munich y en la escuela superior de Filosofía y Teología de Freising.
El 24 de marzo de 1977, Pablo VI lo nombró arzobispo de München und Freising. El 28 de mayo sucesivo recibía la consagración episcopal. Fue el primer sacerdote diocesano que asumió después de 80 años el gobierno pastoral de la gran diócesis bávara.
Fue creado cardenal por el Papa Pablo VI en 1977 y el 25 de noviembre de 1981 fue nombrado por Juan Pablo II prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Pontificia Comisión Teológica Internacional.
Fue elegido Pontífice el 19 de abril del año 2005.