lunes, 4 de abril de 2011

¿Por qué la BlackBerry se llama así?


Le pusieron así porque cuando había esclavitud en los Estados Unidos, a los esclavos nuevos se les ataba una bola negra de hierro muy irregular y cascariza, vamos, no era una bola perfecta, con una cadena y un grillete al pie, para que no escaparan corriendo de los campos de algodón. Los amos, para usar un eufemismo (palabra políticamente mas correcta que suena más bonito), le llamaban "BlackBerry" porque se asemejaba a dicha fruta. Ese era el símbolo antiguo esclavitud que decía que estaría forzado a dejar su vida hasta perecer sin poder escapar en esos campos de siembra. 

En los tiempos modernos, a los nuevos empleados no se les puede amarrar una bola de hierro para que no escapen, en cambio, se les da un "BlackBerry" y quedan inalámbricamente atados con ese grillete, que al igual que los esclavos, no pueden dejar de lado y que los tiene atados al trabajo todo el tiempo. Es el símbolo moderno de la esclavitud.

Hay que ver como están pegados a la dichosa maquinita todo el tiempo, como adicción, en el baño, en el a
uto, en el cine, en la cena, al dormirse y no hay forma de escapar cuando llama el jefe o cuando te mandan correos. No hay manera de decir que no te llegó o que no escuchaste porque este teléfono chismoso te avisa si llamaron y no contestaste, si tienes mensajes por leer, si los leíste y si los demás abrieron tus correos, te marca citas, horarios, te despierta, se apaga solo, se prende solo, y te permite estar idiotizado horas en la internet, mientras tu esposa, esposo, novia o novio y tus hijos y familia te reclaman porque no les pones atención. Y ahí los ves, modernos ejecutivos que se sienten muy importantes porque "el jefe" les dio su BlackBerry" para que no escapen de los campos de trabajo.

No habrían podido pensar un nombre mejor, ¿no crees?

Notas sobre el uso de la BAS

En vista de que hay muchas irregularidades en el uso de la BAS por parte de los “salesianos”, me veo obligado a remediar el desorden en su base con esta nota.


Queda seguro que los usuarios privilegiados de la BAS son los miembros de la Familia Salesiana, particularmente los estudiantes de la Galván. Pero se ha llegado a un estado de “abuso” a propósito de los préstamos externos, por desconocimiento de las normas establecidas. 


Se llega a creer que cada uno es “dueño”, no “usuario’, del libro que necesita. Y no es así: hay que distinguir: todos los libros están al alcance inmediato para uso en la sede, pero solo algunos 
entran en la condición de préstamo. Conviene que todos conozcan el manejo de la BAS.
Las normas aprobadas por la institución desde su fundación son sencillas:
A)    Número de libros que se pueden tomar en préstamo simultáneo: para consulta ordinaria solo tres títulos; para los que trabajan en tesis cinco títulos.
B)     Tiempo de préstamo: ordinario, dos semanas de calendario; para los que trabajan en tesis tres semanas de calendario.
Según esto, (número y tiempo) no hay préstamos indefinidos; y superado el número y pasado el tiempo, debe devolverse el libro.
El privilegio consiste en que todo está a disposición, pero la BAS es una institución con normas. Para solicitar un préstamo debe constar en el registro el nombre, la fecha, y los datos del libro. Debe saberse que no son objetos de préstamo: el libro perteneciente a una obra en varios volúmenes; no se prestan libros para uso de otra persona; no se prestan libros consideraros de “valor” por el bibliotecario (por ser raros o exclusivos); no se prestan los libros en uso de la sala de referencia.
Solo así se evitará que un libro, acaparado por un usuario quede fuera de uso por meses. 
Solo así se evitará que un solo lector acumule todos los libros sobre un autor o un tema. 
Solo así la BAS defenderá el derecho de todo usuario.
No tiene sentido que un libro de consulta esté en uso privado. No tiene sentido que la institución pierda el control de lo que es común.

P. Jesús Hernández, sdb
Director de la BAS

EN EL III DOMINGO DE ADVIENTO 2011



Trasfondo:
Entre semana he leído dos obras mayores y varios folletos sobre el famoso Sermón de Adviento  de 1511. Son: 

Fray Rubén Boria O.P., Fray Pedro de Córdoba. O.P. (1482-1521), UNSTA Tucumán 1982, 190 pp. Se dice en el párrafo de presentación que el autor reunió más de 250 trabajos,  confeccionó más de 5000 fichas, en 7  años de  pacientes trabajos.
Luisa Campos Villalón, O.P.., Pedro de Córdoba, precursor de una comunidad defensora de la vida, Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2008, 207 pp,  Se trata, 19 años después,  de una   presentación actualizada en ambiente dominicano.
Folletos: “Mensaje de la Conferencia del Episcopado Dominicano del 27/02/2011”, Santo Domingo, 2011, 19 pp; “Conmemoración de V Centenario... de la Conferencia Interprovincial de Dominicos de América Latina y el Caribe”, 2009, 52 pp; referencias orales de las  jornadas organizadas por el Centro de Teología de Santo Domingo de Guzmán   de esta ciudad, 28-31 /03/2011, etc

Lecturas  bíblicas en  la Liturgia Dominical.
Consagración de David como rey (Sam 16, 6-7.10-13); Reflexión de Pablo (Ef 5, 8-14); Curación de un ciego de nacimiento (Jn 9, 1-41)
Me  pregunto: ¿Será verdad que cada uno lee lo que tiene dentro? En mi caso, sí. He leído a Samuel,  a Pablo y a Juan teniendo muy adentro el caso  del Adviento 1511:
Jesús se enfrenta a los fariseos que lo tachan de blasfemo porque les corrige de su falsa interpretación de la Escritura sobre el sábado y los  rechaza con la sentencia “he venido yo a este mundo, para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos” (versión del misal). Tremenda corrección/denuncia.
Pablo da en el clavo con la palabra precisa:.. “caminad como hijos de la luz… sin tomar parte en la obra estériles de las tinieblas, sino mas bien denunciándolas… denunciándolas,” dos veces. Pura y abierta denuncia. Tema de mi reflexión

Eso es lo que hace la hace la comunidad de tres dominicos, casi  apenas llegados  a Santo Domingo en  1510: juntos observan, estudian, meditan, reflexionan, escriben y denuncian  el cúmulo de falsas interpretaciones que viven y practican los españoles (¿cristianos?)  Explotadores, bajo la implantación pacífica de las encomiendas. 

Con nada de eso va de acuerdo la evangelización. Se hace imposible todo anuncio cristiano  sin el cambio radical de esa praxis. Del conocimiento de esta situación, y desde una profunda vida religiosa, arranca el sermón  pronunciado por Antón de Montesinos, vocero de la comunidad presidida por Fray Pedro de Córdoba. Las consecuencias  repercutieron en la corte  y se dejan sentir todavía en la iglesia actual…

Hoy los Obispos dominicanos (nn. 25-26 del mensaje) buscan  formas para remediar lo no cristiano en la sociedad dominicana. También Pedro de Córdoba intentó realizar una  evangelización pacífica, alejándose de la sociedad corrupta de los explotadores; la intentó en otras islas y en Tierra Firme, a través de varios arreglos  con las autoridades, pero terminó en  el fracaso de dos tragedias  cruentas. ¿Por dónde va la solución de nuestra iglesia?  No basta la denuncia, se requiere “que trabajemos en conjunto por erradicar los grande males que afectan a los dominicanos” (25) “Se requiere  que todos los dominicanos nos preocupemos por revertir el desierto de pecado e injusticia en el que hemos sumergido nuestro País,  luchando y trabajando unidos (27)...” ¿Imposible? No. ¿Muy difícil? Sí. ¿Después de largos siglos? Esperamos.  ¿Con qué medios?  El estudio nos lo dirá. La santidad no puede faltar

P. Jesús Hernández, sdb
Director de la BAS
3 de abril de 2011

Por encima del tsunami


Terremoto devastador, tsunami, incendios, riesgos en plantas nucleares y destrucción masiva de infraestructura; sin embargo, nada de eso es tan doloroso como la pérdida de miles de vidas y la desaparición de miles de personas. Japón, tercera economía mundial, ha sufrido un embate concatenado de desastres. Ni el ser una potencia tecnológica le eximió del impacto de una fuerza superior. Ahora le veremos recurrir a las bases de su identidad cultural para luchar y reconstruir lo perdido.
Esta crisis nos recuerda otras, en las que, como organizaciones y personas experimentamos, provocadas desde diversos frentes que se combinan entre sí desafiando nuestra ecuanimidad. Es como si todas las adversidades posibles hubiesen confabulado para desestabilizar y provocar un intenso caos. Nada sale bien y el efecto dominó de los problemas acrecienta el desconcierto, la amargura y la desesperación. El límite de la tolerancia hacia los demás, de la confianza en uno mismo y de la estabilidad emocional está cerca. ¿Alguna vez se ha sentido usted así?
En muchas casas de familias japonesas, se percibe un contraste entre la fragilidad de los materiales de construcción y la solidez integral de quienes la habitan. Las flexibles divisiones internas son hechas con los "fusumas," puertas deslizables y livianas de madera y papel de arroz. Los espacios interiores son pequeños, pero su uso versátil se adapta a las actividades de la familia. Por ello, cuando ocurrió el tsunami miles de viviendas flotaron y fueron fácilmente abatidas por las aguas.
No obstante, al interactuar con familias japonesas, dentro y fuera de su país, somos testigos de su aferramiento a la disciplina, la puntualidad y a la honestidad: "si no es tuyo es de alguien más." Esto se conoce como el "bien ser." En las empresas se enfatiza un segundo dogma: "bien hacer," o sea, todo lo que debe hacerse ha de realizarse con máxima calidad, tanto en el plano personal como organizacional. Un tercer principio es "bien estar" en lo moral, lo físico, lo intelectual y lo espiritual; el premio al hacer lo correcto es la felicidad y el bienestar en la conciencia. Finalmente, practican el "bien tener," y por ello desde jóvenes se preparan para la vejez, siendo el país con el ahorro per cápita más elevado del mundo.
A esos cuatro principios, según los resume Carlos Kayuga, empresario de origen japonés, se le suma la conocida cultura de trabajo en equipo, mejoramiento continuo, exigencia en el trabajo fuerte y respeto en las relaciones laborales.
Así, una vez más, veremos a los japoneses recurrir a su fortaleza mental, valores e idiosincrasia, para colocarse por encima de las vicisitudes, reiterándonos que lo frágil de nosotros puede ser arrasado por un "tsunami" de problemas, pero no la dignidad ni las raíces que conforman la esencia de una persona, empresa o país. 
German.retana@incae.edu








viernes, 1 de abril de 2011

¿Brincar o saltar?

"Al que no cambia, lo cambia el cambio," "lo único permanente es el cambio." ¿Cuántas frases como estas conoce usted? Las advertencias sobre el costo de no cambiar son abundantes, el problema es que a veces creemos estar saltando hacia adelante cuando en realidad solo estamos brincando en el mismo lugar.
Al mirar desde lejos un equipo podríamos interpretar que los miembros de un equipo son dinámicos, trabajadores y hasta efectivos en lograr resultados. Pero desde cerca podríamos percatarnos de que, en realidad, están logrando lo mismo de siempre, repitiendo las mismas prácticas, caminando sobre terrenos conocidos y restringiéndose a lo que ya saben hacer. ¡Están brincando! Prefieren reincidir que transformar, replicar que innovar y aferrarse a lo certero antes que asomarse por la ventana de la incertidumbre.
Su activismo les hace pensar que avanzan pero están frenados en un círculo vicioso en el que prefieren cometer los mismos errores que experimentar otros nuevos y más entretenidos. En equipos que "brincan" el miedo al cambio pesa más que la confianza en sus talentos y la repetición rutinaria prevalece sobre la renovación.
En contraposición, los equipos que "saltan" saben que no se debe confundir tener varios años de experiencia con uno repetido varias veces. Son autocríticos y presienten cuando empiezan a dejarse atrapar por creencias limitantes de su imaginación y creatividad.  Pese a disfrutar sensaciones de bienestar, son atentos para no confundirlas con un riesgoso conformismo o estancamiento.
Saltar es sinónimo de avance, progreso y de un creciente alto desempeño. Eso se logra si las relaciones enfermizas dan paso a las constructivas, la preocupación a la ocupación y las suposiciones a la estricta medición para verificar que el desarrollo es real y no un discurso. "La añoranza es una sensación persistente y pesada de desear algo que no se comprende exactamente o que se ha considerado imposible de obtener. Si se piensa que todavía hay una posibilidad de alcanzarlo, la añoranza se tiñe de esperanza," afirma G. Hendricks. Los equipos que "brincan" se quedan en la añoranza y los que "saltan" se aferran a la esperanza.
En muchas organizaciones pareciera existir un pulso entre personas quejumbrosas, negativas y complicadas y otras que son constructivas, productivas y positivas. Incluso, a veces surge un tercer tipo de personas que exhiben conductas "camaleónicas" pues abogan por el cambio pero no les vemos avanzar; pregonan que los demás deben transformarse pero ellas mismas, desde sus posiciones de poder, lo impiden.
¿Usted, brinca o salta? ¿Cómo cree que le perciben en su equipo? ¿Qué sucedería si todos  los miembros del mismo le imitaran?
German.retana@incae.edu

SE NOS ACABA DE IR EL PADRE ENRIQUE


Padre Mellano
P. Julio Soto, SDB


Escribo con un nudo en la garganta. Este 31 de marzo de 2007 se fue a gozar con el Señor el Padre Enrique Mellano, italiano de nacimiento y dominicano de adopción y de nacionalidad. Había cumplido el 7 de marzo pasado sus 84 años.

En uno de sus artículos en el “Listín Diario”, hablando del Padre Altamira, fallecido hacía algunos días, narraba Mons. José Francisco Arnáiz la visita de un exalumno suyo al pequeño cementerio de los jesuitas en Manresa Loyola. Conmovido, el visitante exclamó que los ahí enterrados en tumbas sencillas son unos próceres. Así es.

El Padre Enrique fue un prócer. Un prócer de aquellos que en el silencio gastan su vida por los otros. Esta patria dominicana no lo vio nacer, pero él la amó más que nadie y la hizo suya. Fueron 56 los años vividos en esta su segunda patria, hasta su muerte. No le escuché decir jamás: “ustedes los dominicanos”, sino “nosotros”. Recuerdo aquel día del año 2002 en que juró por la Bandera Dominicana. Como buen hijo de su tierra piamontesa, en el norte de Italia, no acostumbraba exteriorizar sus emociones. En el juramento a la Bandera no sólo se emocionó sino que, habiendo amado tanto a esta tierra dominicana, afirmó solemnemente que sus restos reposarían en ella. Hemos cumplido. Te has quedado para siempre con nosotros, Padre Enrique.  

Lo vimos llegar a Jarabacoa en aquel ya lejano 1° de noviembre de 1951. Yo era un adolescente. Como buen hijo de Don Bosco, desde que llegó a la República Dominicana su entrega a los jóvenes fue total.

En un primer momento estuvo con los aspirantes salesianos de Jarabacoa. En ese grupo de jóvenes estaba Mons. Fabio M. Rivas, los padres Teófilo Castillo, Jesús María Tejada, Jerónimo Taveras, Cornelio Santana, Johnny Guzmán y Plinio Comprés, recientemente fallecido. Estaba también en ese grupo quien escribe, Padre Julio Soto, y los salesianos coadjutores Eligio Batista y José Ramos.  

Su labor en tierra cibaeña fue corta. En el año 1952 el Padre Enrique pasó a la Escuela Salesiana de Artes y Oficios, en Santo Domingo. En ese lugar se sembró y desde allí realizó gran parte de su  labor educativa y religiosa. Al ser trasladados en el 1956 los talleres al barrio María Auxiliadora, al que es hoy el Instituto Técnico Salesiano, los locales se convirtieron en el actual Colegio Don Bosco, ahora con más de 50 años de labor. Fue el Padre Enrique su fundador. Los exalumnos de esos años lo recuerdan con cariño y agradecimiento. Lo han demostrado en sus días de enfermedad. Varios de ellos han tenido incidencia en acontecimientos importantes de la historia de los últimos 50 años. Son muchos los que han considerado al Padre Enrique un segundo padre. 

Vivió en carne propia los últimos diez años de la dictadura y los años siguientes, incluida la revolución de abril. Fueron años muy difíciles. Omitimos las anécdotas, algunas de ellas teñidas de heroísmo,  por amor a la brevedad.

En el año 1966 es nombrado Director del Instituto Técnico Salesiano. A él se debe este nombre. También aquí su principal propósito fue formar jóvenes para la vida.

En el 1972 es nombrado Vicario del Provincial Salesiano de las Antillas, con sede en su querido Don Bosco. En el 1978 fue nombrado Provincial Salesiano de las Antillas. Fueron seis años muy duros. Como si fuera poco, apenas terminado su sexenio como Provincial y después de un año con los prenovicios salesianos, es nombrado nuevamente Director del Instituto Técnico Salesiano. Después de dos años regresó como Director al Colegio Don Bosco, ya con 64 años sobre sus hombros. Aunque le costaba, se entregó con igual ánimo. 

Después de esos 6 años se le pidió dirigir la comunidad de la nueva sede de la Inspectoría Salesiana de las Antillas. No obstante la edad, no se negó. Realizó su labor hasta el  2002, año en el que regresó nuevamente al Colegio Don Bosco. Regresó adonde había empezado. Hasta el final procuraba ser útil en aquello que se le pedía. Se puede decir que murió en la brecha. Para él no hubo jubilación. 

Pocos días antes de su muerte les confesó a las dos personas que lo asistían que siempre había sido fiel a Don Bosco. Jamás salió de sus labios una queja o murmuración sobre los obispos. Durante varios años, no obstante la carga de trabajo, rindió su labor en la Nunciatura Apostólica en los peores momentos de la dictadura y aún más tarde. Fue durante años uno de los pilares de la antigua Unión Nacional de Colegios Católicos, hoy Unión Nacional de Escuelas Católicas y de la Conferencia Dominicana de Religiosos (CONDOR). En los últimos años los Salesianos Cooperadores fueron la niña de sus ojos.  Para las Hijas de María Auxiliadora, fue siempre un Padre.

El 24 de abril de 1990 fue declarado Munícipe Distinguido de la Ciudad de Santo Domingo. El 23 de abril de 1996 recibió una placa de la Casa de Italia en “reconocimiento […] por la contribución y ayuda brindada al pueblo dominicano”.

Ahora, Padre Enrique, te hablo a ti. En tu corta y dolorosa enfermedad llegaste a decir: “Qué difícil es subir al Cielo”. Te referías a que estabas viviendo tu Pasión antes de llegar a la Resurrección. Tu sobrino Giovanni, en nombre de toda la familia, apenas recibida la noticia de tu muerte, me escribió: “La hora más triste ha llegado. El dolor es grande, la tristeza ha bajado a nuestra casa; pero, como ya le dije al Padre Mario Ghietti por teléfono, estamos orgullosos de tener un tío tan grande, así como también ustedes están agradecidos por haberlo tenido como compañero, maestro, padre espiritual, director, inspector, amigo, ejemplo de vida. ¡Por todo esto le damos gracias al Señor!  Recordamos al tío Enrique con su sonrisa y con todo lo que nos enseñó. Esto nos ayuda a enjugar las lágrimas y nos da la fuerza para afrontar lo días por venir sin su presencia física, pero con la certeza de su ayuda benévola desde el Paraíso donde ahora continúa su misión a completa disposición del Señor, alabando a María Auxiliadora, junto a San Juan Bosco, la gran luz de su vida”.

Esta misión te la ha encomendado tu sobrino. Te la encomendamos también nosotros. Tus funerales fueron la apoteosis del siervo bueno y fiel que acababa de entrar en el seno de su Señor. Gracias por tu entrega generosa a la Iglesia y al pueblo dominicano. Gracias por tu entrega a la acción educativa. Gracias por quedarte con nosotros. Seguiremos tus huellas. 

Padre Enrique Mellano



Por: Emmanuel Esquea Guerrero (Listin Diario 4/11/2007 10:39:00 PM)
El pasado día 31 -comenzada ya la noche- murió en esta ciudad de Santo Domingo de Guzmán, el padre Enrique Mellano, miembro de la Congregación Salesiana  fundada por San Juan Bosco (Don Bosco), en Turín, Italia.
Para los salesianos, el 31 tiene una significación especial, pues ese día del mes de enero se celebra el día de Don Bosco. Y este año, el 31 de marzo fue el último día de la Cuaresma, previo al Domingo de Ramos que dio inicio a la Semana Santa.
 
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Parecería que Dios quiso que la muerte del padre Enrique nos recordara la festividad de Don Bosco y su propia pasión y muerte. Estas coincidencias no resultan fortuitas si tenemos en cuenta que el padre Enrique dedicó 73 de sus 84 años a la Congregación Salesiana y durante toda su vida buscó servir al Señor a través del amor a sus criaturas.

Este sacerdote, a quien conocí  teniendo yo apenas 9 años y tuve siempre como mi personaje viviente favorito, fue un ser excepcional: hombre estoico que supo vivir alejado de los placeres y hasta de las satisfacciones materiales más elementales. Fue  sobrio en el vestir y aunque fuera el director, su sotana se confundía con la de cualquier clérigo. Luego cuando estas dejaron de usarse diariamente, su chacabana parecía siempre haber perdido el color.
Su cuerpo, que no conjugaba con el gran corazón que albergaba,  estaba acostumbrado al ayuno y a la abstinencia. Sólo eso explica que pudiera soportar una agonía tan larga a pesar de la terrible enfermedad que padecía. Fue discreto en el hablar: decía lo necesario, nunca hizo insinuaciones ni críticas y si le tocaban un tema controversial prefería callar.
A pesar de la reciedumbre de su carácter, fundamentado en la convicción de los principios en que creía, era humilde en sus relaciones con los demás. Sabía imponer su autoridad, pero también era sumiso ante los superiores de su congregación y de la Iglesia. Escuchar y solidarizarse con las dificultades ajenas, fue otro de los grandes rasgos que perfilaron su personalidad.
Tuve la dicha de compartir con él asiduamente durante el mes que precedió a su fallecimiento y fue entonces cuando pude apreciar su valentía. Sabiendo que su mal era fatal y no obstante las molestias y dolores que le causaba, nunca oí un quejido ni un reproche y por el contrario, expresaba mucho amor a Dios, a Don Bosco, y especialmente a María Auxiliadora, a quien rezaba con frecuencia el rosario anular que portaba.
Pero el padre Enrique fue más que cristiano y sacerdote: fue también  un patriota. Habiendo nacido en Italia, vivió en nuestro país durante 54 años y pocos años antes de morir quiso adoptar nuestra nacionalidad pidiendo que sus restos descansaran en estas tierras. Su amor por este país, quedó demostrado con la dedicación que durante todos esos años tuvo hacia la juventud dominicana.
Primero como profesor de novicios en el Seminario de Jarabacoa; luego como director de la Escuela Salesiana de Artes y Oficios (hoy Instituto Técnico Salesiano) en dos ocasiones, y finalmente, como director dos veces, del colegio Don Bosco. Muchos somos los dominicanos que debemos nuestra formación escolar, técnica y sobre todo personal, a los desvelos del padre Enrique. Fue más que un profesor, era un maestro. Nos enseñaba las nociones necesarias para ampliar el conocimiento, pero al mismo tiempo, con su propio ejemplo, nos inducía  a ser buenos cristianos, buenos hijos y buenos ciudadanos, inculcándonos los conceptos del deber, la honradez, la honestidad, la solidaridad y el amor al prójimo.
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Erudito y pedagogo singular. Lo recuerdo en la enseñanza  de la Literatura Española y de la Historia de América. El  conocimiento profundo de estas materias  (a pesar de su origen italiano) le permitía ir más allá de los simples  textos escolares, llevándonos a hacer comparaciones universales que  nos daban una visión integral de esas disciplinas.
Su vocación por la enseñanza no era solamente colectiva, sino que también sabía dedicar tiempo para de manera individual, afianzar conceptos y dar consejos sobre como mejorar el aprendizaje. Lo mismo hacía  respecto al comportamiento disciplinario: Siempre hubo una actitud de comprensión ante una inconducta o una palabra de estímulo para superarnos en el comportamiento.
La religión y la educación fueron los grandes amores de su vida. Eso explica el porque  a sólo horas de morir, pedía insistentemente en la clínica que le rezaran el Padre Nuestro y el Ave María y que lo llevaran de vuelta al Colegio.  
En un artículo publicado en el Listin Diario el  día 2 del presente mes, Su Eminencia Reverendísima Nicolás Cardenal López Rodríguez refiriéndose a  un libro recién publicado sobre la vida de su Santidad Juan Pablo II, decía que el Cardenal Asistente del Papa  refirió al autor que a la hora de la muerte de su Santidad, en vez de rezar el Réquiem, todos los presentes cantaron el Te Deum.
Ante la ausencia del Padre Enrique de esta vida terrenal, los que le conocimos y amamos elevamos una oración al Altísimo,  seguros de que lo recibirá y cumplirá en él su promesa de vida eterna; pero también debemos entonar canciones de agradecimiento a Dios por habernos permitido disfrutar de la compañía del Padre Enrique.
Nuestra Santa Madre Iglesia suele reconocer la calidad de Santos a aquellos cristianos que  luego de su muerte, dan demostración de gozar de la gracia del Señor para hacer milagros. Ese don, es la recompensa de haber tenido un gran amor a Dios y a los hombres. Este es un premio que seguramente Dios le tiene reservado al Padre Enrique. Amén.